El aparato, cuyo diámetro era de aproximadamente un metro y su masa es inferior a 500 kilos, entró en las capas densas de la atmósfera a las 06.24 GMT a unos 560 kilómetros al oeste de la isla de Andamán del Medio. Finalmente se hundió al oeste de la capital de Indonesia, Yakarta, justo donde estaba previsto, según los cálculos realizados.
Durante los últimos días la comunidad científica había especulado ampliamente sobre si el aparato resistiría la reentrada y sobre el lugar en el que caería finalmente la nave soviética. La agencia espacial rusa había asegurado que había una cierta probabilidad de que se produjeran daños por el impacto de la sonda contra nuestro planeta, aunque esta era muy baja y nada tenía que ver con lo que supondría el impacto de un meteorito.
Mientras, la NASA destacó que, dado que el aparato fue diseñado por resistir el paso por la atmósfera de Venus, más densa que la terrestre, era posible que la sonda o, al menos, parte de ella, sobreviviera a la reentrada y tomara tierra sin mayores daños. La sonda tiene una cubierta protectora de titanio semiglobular, según los expertos, y está dotada con paracaídas de 2,5 metros para ralentizar su velocidad, aunque estos dudaban de que aún funcionara después de más de medio siglo.
Según explicó un portavoz de la NASA: “Se separó en cuatro piezas, dos de las cuales permanecieron en órbita terrestre baja y se desintegraron en 48 horas, y dos piezas (presumiblemente la sonda de aterrizaje y la unidad de motor de la etapa superior separada) entraron en una órbita más alta de 210 x 9.800 km”.
Los componentes más pequeños reingresaron a la atmósfera terrestre y se quemaron casi inmediatamente. Sin embargo, el módulo de aterrizaje—fuertemente blindado contra la presión aplastante y el calor abrasador de Venus— permaneció en órbita desde entonces, descendiendo lentamente.



























































