Tras su salida de la banda a fines de los 70, Ozzy inició una carrera solista que lo consolidó como uno de los artistas más influyentes del género. Álbumes como Blizzard of Ozz, Diary of a Madman y No More Tears lo mantuvieron en lo más alto durante décadas, con himnos como “Crazy Train”, “Mr. Crowley” y “Mama, I’m Coming Home”.
Su figura trasciende lo estrictamente musical. Ozzy también fue un personaje de la cultura pop: a comienzos de los 2000 protagonizó junto a su familia el reality The Osbournes, en MTV, que mostró su intimidad, sus excesos y su entrañable torpeza con la vida cotidiana. Fue una estrella del rock y, al mismo tiempo, una figura entrañable para millones.
En los últimos años, su salud se vio seriamente deteriorada. En 2019 fue operado de urgencia tras una caída que agravó una lesión cervical. Tiempo después confirmó que padecía Parkinson. Desde entonces, sus apariciones públicas fueron esporádicas, aunque nunca perdió el contacto con sus fans.
“Mi cuerpo está destruido, pero mi voz sigue”, había dicho en una entrevista de 2023. A pesar de todo, insistía con su sueño de despedirse en vivo: “No me quiero ir sin volver a tocar para ustedes”.
El mundo de la música y del espectáculo reaccionó de inmediato a la noticia de su fallecimiento. Figuras como Tony Iommi, Sharon Osbourne, Slash, Dave Grohl y muchos más expresaron su tristeza y recordaron su legado. “Ozzy fue y será el alma del metal. Nadie como él”, escribió James Hetfield, de Metallica.
Ozzy deja un legado inmenso, con más de cinco décadas de historia, millones de discos vendidos, influencias incontables y una legión de fanáticos que lo veneran como un dios pagano del rock. Su figura, su voz, sus excesos, su carisma y hasta sus demonios lo convirtieron en un mito viviente.





























































