El hombre fue el primero en abrir la puerta y entrar a la casa, seguido por el chico, a quien la mujer le había entregado un paquete que bien podía ser un plato de comida.
La mujer se quedó sola en la vereda apenas algunos segundos, mientras se ponía al hombro un bolso matero, una bolsa y otros bártulos sin dejar de mirar a su alrededor por precaución.
El simple acto de estar atenta a su entorno le permitió a la mujer notar cuando un auto estacionó de repente justo de manera perpendicular a su propio vehículo: para cuando bajaron los tres delincuentes, ella ya había cerrado el baúl y la puerta de calle.
Los reflejos de la mujer fueron tan eficientes que cuando uno de los tres delincuentes se avalanzó sobre la puerta de su casa no pudo abrirla, sino que tuvo que contentarse con revisar el Peugeot. Y aún así se quedó con las ganas de robar el vehículo, porque su dueña había retirado las llaves.
Sin poder completar su robo al azar, los tres delincuentes volvieron a subirse al auto que los esperaba en medio de la calle y se fueron dejando una secuencia de terror.




























































