¿Será la final de la Libertadores el inicio del apocalipsis?

El cariz de situación límite que se le quiere imprimir a la final entre River y Boca nos obliga a pensar si debe ser el fútbol una cuestión de vida o muerte.

Es interesante preguntarse también por qué un evento deportivo cobra tanta dimensión social. No obstante es conveniente evitar los lugares comunes e incluso las críticas vacías que señalan una posición ideal pero imposible de encontrar en lo concreto. Es decir, el país se va a paralizar por estas dos finales,las metáforas de vida o muerte dejarán de ser tan metafóricas y la felicidad o tristeza de muchísima gente se determinará luego de los 180 minutos.
Quitarle dramatismo es una intención positiva pero que, al menos en estas instancias, se vuelve impracticable. Si esta final implica semejante carga emocional y política en nuestra sociedad se da como resultado de un conjunto de acciones previas que en ningún momento se han intentado aplacar. La arenga por la pasión desmedida, el azuce de la cultura “del aguante”, la reivindicación de la construcción de la identidad a través de los colores y los supuestos valores que estos encierran han sido factores claves para llegar al punto de un partido que se presenta como último e irreversible.
En este sentido cabe señalar que la filosofía ha sabido reconocer en la situación límite uno de sus orígenes ya que el ser humano ante lo irreversible, lo imposible de cambiar se pregunta por qué, busca indagar el principio rector de aquello con lo que choca y lo hace enfrentarse con su debilidad, con su finitud. Así podemos comprender la naturaleza límite del paso del tiempo o de la muerte pero ¿cómo entender el fatalismo de un partido de fútbol? La irreversibilidad está dada por el hecho de que una vez culminado nada será igual.
Los equipos se jugarán un título más en sus vitrinas, pero también marcar un hito en la historia que por siempre podrán enrostrarle a su rival. Así, la competencia deportiva ya no es pensada como un evento para el crecimiento de quienes participan sino como una batalla de aniquilación y sometimiento: el que gana permanece, el que pierde deja de ser.
Claro que bien podemos cuestionarnos el cariz de exageración de este tipo de afirmaciones, aunque ¿no se ha convertido el fútbol en una vía de escape de todas nuestras miserias? ¿No es el triunfo deportivo un bálsamo de felicidad ante una realidad que nos agobia y nos angustia? El hincha de fútbol, aquel que no ingresa al césped ni puede inferir en el resultado se ve preso de su propio anhelo: su felicidad o su angustia dependen de un evento sobre el cual no tiene incidencia.
Como una licencia poética de la historia, uno de los años más turbulentos social y económicamente hablando culmina con un evento que pareciera resumir todo lo vivido en un cúmulo de minutos: del éxtasis total a la desesperación sin marcha atrás. La acumulación de tensión reprimida que puede ser liberada en un grito de gol o explotar ante el resultado adverso.
Por todo ello al no ser capaces de separar ni distinguir entre lo lúdico y lo existencial arribamos a situaciones como la actual: con un “simple” juego parece definirse el destino de un país. El apocalipsis es un término temporal, refiere al punto de quiebre, a aquello final que vendrá a terminar con todo. Para River y Boca este partido tiene olor apocalíptico porque se han construido en conjunto y creen que sólo con la desaparición de uno podrá existir el otro. Pero el verdadero drama es asumir que después del final seguirá habiendo realidad y que con ella tendremos que sobrevivir.
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